Ya conozco otra cosa que hacen los obispos. Participan en webinarios, en cursos online, sobre temas relacionados con la fe. Asistí hace unos días a uno de ellos. El ponente era Monseñor... ¿Almeida? ¿Almunia? No me acuerdo. Un señor muy majo, en todo caso, y muy paciente, que nos estuvo haciendo entender (en mi caso, intentándolo) uno de los grandes misterios de la fe cristiana: la Trinidad.
Para mí, y esto no es más que una impresión personal, el hecho de la Trinidad es uno de los síntomas de que la fe no es una creación humana. Ninguna civilización, teniendo ya un Dios que colma sus expectativas (el Yahve judío) se complica en multiplicarlo de una forma que el ser humano no puede entender. Eso no es lógica humana. De ser un invento, nos hubiéramos quedado como estábamos.
Pero Monseñor A. también nos enseñó algo de lo que nunca me había percatado: el misterio de la Santísima Trinidad nos da a los cristianos algo que ninguna otra religión tiene. Nos hace hijos de Dios. ¡Hijos de Dios! ¡Hermanos adoptivos de Jesús! ¿No es increíble? Las demás religiones tienen un Dios; nosotros ¡tenemos un Padre! Un Padre que nos cuida, que nos mima, que nos abre los ojos cada mañana, que se preocupa por nosotros, que nos colma de regalos. Los cristianos tenemos un hermano, Jesús, que nos comprende perfectamente, porque es también hombre. Al que nos podemos quejar porque nos duele la cabeza, o porque estamos cansados. Un hermano que se sienta a nuestro lado, en el sofá, a escuchar cómo nos ha ido el día, que nos aconseja y que, de vez en cuando, nos cuenta un chiste para sacarnos una sonrisa. Y tenemos al Espíritu en el que podemos confiar, al que nos podemos abandonar porque sabemos que, en el momento necesario, nos dará la fuerza o la habilidad que nos faltan para hacer lo que tenemos que hacer. ¿Se puede pedir más? Realmente, la Trinidad es un misterio que no llegaremos a entender, pero de aceptar, lo que se dice de aceptar, es sencillísimo.

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