Yo andaba con muletas, pero no lo sabía. Como con muchas otras cosas de la fe, primero vino la acción, la obediencia, y solo más tarde, la comprensión.
La acción empezó en serio con el comienzo de la Cuaresma, casi mi primera Cuaresma como creyente. No sé muy bien por qué. Tal vez por obediencia a la Iglesia, que pide austeridad como preparación para la Pascua. Pero probablemente más por obediencia a un impulso muy fuerte, como ese que nos lleva a decir un “te quiero”, sin poder evitarlo, en el momento más inoportuno. Más que una obediencia, una necesidad manada a borbotones del amor, oscura en su destino pero inapelable en su mandato.
Eliminé pequeñas cosas del día a día. Pequeños caprichos. Un dulce, un cigarro, un rato de televisión. Nimiedades. Y me di cuenta de lo importantes que habían sido. Aún más, me di cuenta, al no tenerlas, de que había ido saltando de una a otra, como quien atraviesa un río sobre piedras, evitando mojarme con el resto de la jornada, negando las horas o mirándolas solo de reojo. Los momentos de placer estaban siendo mis muletas, en las que me iba apoyando para no gastar mis fuerzas en aceptar la vida, en sentirla de lleno sobre la piel.
El tiempo se vuelve extraño cuando deja de girar en torno a los instantes que teníamos establecidos, y nos obliga a mirar en nuestro interior en busca de nuevos puntos de referencia. Es un momento perfecto para preguntarnos dónde ponemos el punto de apoyo de nuestra vida, o simplemente para caminar en el aparente vacío junto a Dios, abandonados por completo a Su tiempo y a Su presencia.
Cuánto me queda por aprender, y por crecer, y por confiar.
La acción empezó en serio con el comienzo de la Cuaresma, casi mi primera Cuaresma como creyente. No sé muy bien por qué. Tal vez por obediencia a la Iglesia, que pide austeridad como preparación para la Pascua. Pero probablemente más por obediencia a un impulso muy fuerte, como ese que nos lleva a decir un “te quiero”, sin poder evitarlo, en el momento más inoportuno. Más que una obediencia, una necesidad manada a borbotones del amor, oscura en su destino pero inapelable en su mandato.
Eliminé pequeñas cosas del día a día. Pequeños caprichos. Un dulce, un cigarro, un rato de televisión. Nimiedades. Y me di cuenta de lo importantes que habían sido. Aún más, me di cuenta, al no tenerlas, de que había ido saltando de una a otra, como quien atraviesa un río sobre piedras, evitando mojarme con el resto de la jornada, negando las horas o mirándolas solo de reojo. Los momentos de placer estaban siendo mis muletas, en las que me iba apoyando para no gastar mis fuerzas en aceptar la vida, en sentirla de lleno sobre la piel.
El tiempo se vuelve extraño cuando deja de girar en torno a los instantes que teníamos establecidos, y nos obliga a mirar en nuestro interior en busca de nuevos puntos de referencia. Es un momento perfecto para preguntarnos dónde ponemos el punto de apoyo de nuestra vida, o simplemente para caminar en el aparente vacío junto a Dios, abandonados por completo a Su tiempo y a Su presencia.
Cuánto me queda por aprender, y por crecer, y por confiar.


