Ayer leí este artículo de José Fernando y se me quedó ahí, dando vueltas. El caso es que yo también he conocido personas que, con la mejor intención, entienden la libertad o la pobreza como desapego hacia quienes les rodean. No quieren ligarse a nadie para no hacer daño, o para no sufrir ellos mismos, o para estar siempre disponibles para todos. A veces, se inmolan en una soledad cruel en aras de la libertad, de la disponibilidad. Y aconsejan a los demás que hagan lo mismo.
Decir que el amor te ata es como decir que la fe te ata: un contrasentido. El amor que ata no es amor, es otra cosa. Es, quizás, que quiero que me quieras, que busco tu aprobación, que me siento solo. El amor no ata: sostiene. El amor es la cuerda de escalada que me sujeta a ti y me ayuda a subir contigo.
Vivir mirando al Cielo, o a la muerte, probablemente sea la actitud más inteligente que puede tomar un ser humano. Pero esa mirada no me despega de la tierra, sino que me une más a ella, porque me ayuda a comprender que mi único trabajo aquí, mi función, es amar sin medida. Mirar a la muerte evita que me distraiga pensando que quizás hay otras cosas que importan.
Puedes pensar que es injusto para otros que me una más a unas personas que a otras. Pero no solo es prácticamente inevitable, sino natural, y maravilloso, que me sienta más cerca de algunas personas. Hemos sido creados desiguales para que nos busquemos, para que nos amemos, para que florezcamos en comunión con otros. Y precisamente porque somos distintos, no todas las relaciones tienen la misma calidad, ni la misma hondura, y considero no solo un privilegio sino una responsabilidad el cultivar y cuidar esos campos fértiles en los que a veces de repente, sin saber cómo, nos encontramos.
El amor no necesita ser correspondido. ¡No! ¿Ninguno? ¡Ninguno! El amor es entrega pura y generosidad. Lo que sí necesita el amor, como entrega que es, es fruto. Si la entrega no da fruto, no tiene razón de ser. En algunos amores, el fruto crece al calor del proyecto compartido, de la compañía, de la vida (entendiendo "vida" como "todo mi yo") puesta en común. Pienso en Francisco y Clara, o en el matrimonio de mis padres, o en mis mejores amigos. En otros amores, el fruto nace en la generosidad y el cuidado: me entrego a ti para que tú puedas entregarte a los demás. Te cuido y me preocupo por ti, y a cambio recibo cariño y atención. Pero sé que no es ese el fruto. Sé que algún día, quizás mañana, habrá otros que te necesiten más que yo, y seré feliz sabiendo que te das a ellos con todo tu ser, porque justo para eso estoy aquí. Pienso, por ejemplo, en Santa Mónica y San Agustín, o en la monjita india que rezó por Benedicto XVI durante veinte años, o en tantos padres y maestros.
¿Tiene más valor un amor que otro? Para nada. Simplemente, dan fruto de manera distinta. Muchas veces, además, no sabemos si se trata de uno o de otro. Y ¿qué importa? Lo que tienen en común, lo que les hace ser amores de libertad y no de atadura, de alegría y no de celos, es que busco el fruto, y que el fruto no es para mí. Es para ti, y para Alguien mucho más importante que tú y que yo, y que siempre está con nosotros.
Decir que el amor te ata es como decir que la fe te ata: un contrasentido. El amor que ata no es amor, es otra cosa. Es, quizás, que quiero que me quieras, que busco tu aprobación, que me siento solo. El amor no ata: sostiene. El amor es la cuerda de escalada que me sujeta a ti y me ayuda a subir contigo.
Vivir mirando al Cielo, o a la muerte, probablemente sea la actitud más inteligente que puede tomar un ser humano. Pero esa mirada no me despega de la tierra, sino que me une más a ella, porque me ayuda a comprender que mi único trabajo aquí, mi función, es amar sin medida. Mirar a la muerte evita que me distraiga pensando que quizás hay otras cosas que importan.
Puedes pensar que es injusto para otros que me una más a unas personas que a otras. Pero no solo es prácticamente inevitable, sino natural, y maravilloso, que me sienta más cerca de algunas personas. Hemos sido creados desiguales para que nos busquemos, para que nos amemos, para que florezcamos en comunión con otros. Y precisamente porque somos distintos, no todas las relaciones tienen la misma calidad, ni la misma hondura, y considero no solo un privilegio sino una responsabilidad el cultivar y cuidar esos campos fértiles en los que a veces de repente, sin saber cómo, nos encontramos.
El amor no necesita ser correspondido. ¡No! ¿Ninguno? ¡Ninguno! El amor es entrega pura y generosidad. Lo que sí necesita el amor, como entrega que es, es fruto. Si la entrega no da fruto, no tiene razón de ser. En algunos amores, el fruto crece al calor del proyecto compartido, de la compañía, de la vida (entendiendo "vida" como "todo mi yo") puesta en común. Pienso en Francisco y Clara, o en el matrimonio de mis padres, o en mis mejores amigos. En otros amores, el fruto nace en la generosidad y el cuidado: me entrego a ti para que tú puedas entregarte a los demás. Te cuido y me preocupo por ti, y a cambio recibo cariño y atención. Pero sé que no es ese el fruto. Sé que algún día, quizás mañana, habrá otros que te necesiten más que yo, y seré feliz sabiendo que te das a ellos con todo tu ser, porque justo para eso estoy aquí. Pienso, por ejemplo, en Santa Mónica y San Agustín, o en la monjita india que rezó por Benedicto XVI durante veinte años, o en tantos padres y maestros.
¿Tiene más valor un amor que otro? Para nada. Simplemente, dan fruto de manera distinta. Muchas veces, además, no sabemos si se trata de uno o de otro. Y ¿qué importa? Lo que tienen en común, lo que les hace ser amores de libertad y no de atadura, de alegría y no de celos, es que busco el fruto, y que el fruto no es para mí. Es para ti, y para Alguien mucho más importante que tú y que yo, y que siempre está con nosotros.



