Leo con sorpresa en el blog de Abraham:
Santa Mónica, por ejemplo, tuvo un hijo, San Agustín. Otros dos santos, de mi pueblo para más señas, San Isidro y Santa María de la Cabeza, tuvieron también un hijo, San Illán. Y ni Agustín ni Illán fueron concebidos por ciencia infusa, ni los trajo la cigüeña: fueron concebidos con sexo. ¡Pues claro! ¿Cómo, si no? Y sus padres fueron santos, con relaciones sexuales incluídas.
María es Inmaculada porque a ella, que iba a ser quien tuviese en su seno a Dios, se la preservó del pecado original. Es decir, que el pecado de Adán y Eva, que a todos nos afecta, a ella no. Así, su Hijo nacería también libre de todo pecado.
Lo de la virginidad perpetua es otro tema y es más complicado. María decide (y lo decide ella: nadie se lo pide) conservarse virgen como una forma de entrega absoluta a Dios.
El amor, si se lo permitimos, lleva al compromiso, y el compromiso, a la renuncia. Y es esta renuncia la que posibilita el florecimiento pleno del amor, la profundización. Renuncio a todo lo que me distrae de ti, a lo que nos aparta. Renuncio a todos esos amores pequeños que quieren ocupar mi atención y mi tiempo. Renuncio a la seguridad, a tener el control, a la libertad de movimientos, a ceder a mis impulsos, a mis ratos libres. A cambio, podré conocerte mejor, me dejarás entrar en tu intimidad y quedarme contigo. Solo en la renuncia se puede cultivar el amor. El amor a otros, y el amor a Dios, que son el mismo.
Todo camino hacia Dios, por ser una relación de amor, implica renuncias. Para algunas personas, como María, implica renunciar al sexo, porque Dios las llama de esa forma. Para otros, implica renuncias distintas, y no es ni mejor ni peor, ni más recto ni más torcido. Se puede ser santo con sexo y sin él, viviendo en una celda de clausura o en un piso compartido o en un hogar familiar, trabajando en las misiones o en los despachos o en el Mc Donalds. No depende del qué, sino del cómo.
Voy a confesarte una cosa: llevo ya varios días de cenas navideñas y tengo una indigestión de caballo. Sin embargo, eso no significa que el alimento sea malo. Significa que tengo que dejar de comer por placer y sin medida, y de hacer caso a los que me vuelven a llenar el plato y luego traen unas tartas de tiramisú que... que... Bueno, ya te imaginas. La comida no es para usarla así, o te hace daño. ¿No te recuerda a algo?
El sexo sirve al amor y a la vida. Crea vínculos fortísimos. Engendra nuevos seres. Sin sexo, nos extinguiríamos. ¡Claro que no es malo! Pero es muy fácil indigestarse y acabar haciéndonos daño unos a otros. Va en el pack de libertad del ser humano: somos libres para fastidiarla. A este fastidiarla, a este abuso tonto que a veces hacemos de las cosas, lo llamamos pecado. Lo podríamos llamar abuso tonto, pero es más largo. En realidad, nada en toda la Creación, absolutamente nada, es malo. Dios lo creó todo y vio que era bueno, así que no vamos a llevarle la contraria. El pecado y el dolor, como la virtud y la santidad, están siempre en el cómo, en si lo que hago me lleva a amar más o menos, en si estoy siguiendo o no el camino que llevo inscrito en mi corazón.
(...) pregunté a los jóvenes: “¿Quién cree que la Virgen María es “inmaculada” por no haber tenido relaciones sexuales?”, “¿Quién piensa que la Iglesia enseña que el sexo (la relación sexo-genital, se entiende) es pecado?”. Otra gran sorpresa. Casi todos pensaban que la Iglesia dice que el sexo es malo, y que la Virgen es inmaculada porque es virgen. Claro que, cuando expliqué que el sexo es muy bueno y que lo malo es el desorden, muchos fliparon. Y, cuando expliqué qué significaba la “Inmaculada Concepción”, también.Y digo "leo con sorpresa" porque, no me avergüenza decirlo (bueno, un poquito sí), en mi cabeza estaba instalada la misma idea: María es inmaculada por ser virgen. Y, si María está limpia de pecado porque no tuvo sexo, el sexo es pecado. Mira qué simple. Y qué tontería más grande, a poco que se piense un poco.
Santa Mónica, por ejemplo, tuvo un hijo, San Agustín. Otros dos santos, de mi pueblo para más señas, San Isidro y Santa María de la Cabeza, tuvieron también un hijo, San Illán. Y ni Agustín ni Illán fueron concebidos por ciencia infusa, ni los trajo la cigüeña: fueron concebidos con sexo. ¡Pues claro! ¿Cómo, si no? Y sus padres fueron santos, con relaciones sexuales incluídas.
María es Inmaculada porque a ella, que iba a ser quien tuviese en su seno a Dios, se la preservó del pecado original. Es decir, que el pecado de Adán y Eva, que a todos nos afecta, a ella no. Así, su Hijo nacería también libre de todo pecado.
Lo de la virginidad perpetua es otro tema y es más complicado. María decide (y lo decide ella: nadie se lo pide) conservarse virgen como una forma de entrega absoluta a Dios.
El amor, si se lo permitimos, lleva al compromiso, y el compromiso, a la renuncia. Y es esta renuncia la que posibilita el florecimiento pleno del amor, la profundización. Renuncio a todo lo que me distrae de ti, a lo que nos aparta. Renuncio a todos esos amores pequeños que quieren ocupar mi atención y mi tiempo. Renuncio a la seguridad, a tener el control, a la libertad de movimientos, a ceder a mis impulsos, a mis ratos libres. A cambio, podré conocerte mejor, me dejarás entrar en tu intimidad y quedarme contigo. Solo en la renuncia se puede cultivar el amor. El amor a otros, y el amor a Dios, que son el mismo.
Todo camino hacia Dios, por ser una relación de amor, implica renuncias. Para algunas personas, como María, implica renunciar al sexo, porque Dios las llama de esa forma. Para otros, implica renuncias distintas, y no es ni mejor ni peor, ni más recto ni más torcido. Se puede ser santo con sexo y sin él, viviendo en una celda de clausura o en un piso compartido o en un hogar familiar, trabajando en las misiones o en los despachos o en el Mc Donalds. No depende del qué, sino del cómo.
Voy a confesarte una cosa: llevo ya varios días de cenas navideñas y tengo una indigestión de caballo. Sin embargo, eso no significa que el alimento sea malo. Significa que tengo que dejar de comer por placer y sin medida, y de hacer caso a los que me vuelven a llenar el plato y luego traen unas tartas de tiramisú que... que... Bueno, ya te imaginas. La comida no es para usarla así, o te hace daño. ¿No te recuerda a algo?
El sexo sirve al amor y a la vida. Crea vínculos fortísimos. Engendra nuevos seres. Sin sexo, nos extinguiríamos. ¡Claro que no es malo! Pero es muy fácil indigestarse y acabar haciéndonos daño unos a otros. Va en el pack de libertad del ser humano: somos libres para fastidiarla. A este fastidiarla, a este abuso tonto que a veces hacemos de las cosas, lo llamamos pecado. Lo podríamos llamar abuso tonto, pero es más largo. En realidad, nada en toda la Creación, absolutamente nada, es malo. Dios lo creó todo y vio que era bueno, así que no vamos a llevarle la contraria. El pecado y el dolor, como la virtud y la santidad, están siempre en el cómo, en si lo que hago me lleva a amar más o menos, en si estoy siguiendo o no el camino que llevo inscrito en mi corazón.


